25 septiembre 2017

Lago Inle, la Vida en el Agua




Poco antes de llegar a Inle la carretera por la que circulábamos comenzó a inundarse de niños y niñas sonrientes pedaleando con alegría sus bicicletas. Algunos portaban en la espalda sus mochilas escolares, otros llevaban una bolsa con los libros colgada de uno de los manillares. Era la hora de la salida del colegio.

Se respiraba felicidad en el ambiente, algarabía de risas y pequeños gritos, ese jolgorio inconfundible que los más pequeños crean al salir de clase.

Nuestro vehículo aminoró la marcha por seguridad. Ellos nos sonreían y levantaban su mano agitándola mientras nosotros devolvíamos el saludo a través del cristal de la ventanilla.

Recorrimos una buena distancia rodeados de este paisaje hasta que nos desviamos hacia nuestro alojamiento, Royal Nadi Resort, un conjunto de cabañas en forma de palafitos sobre un pequeño lago, rodeadas de una bellísima naturaleza y envueltas por una paz abrumadora. Los últimos rayos del sol de la tarde dejaban anchos reflejos dorados sobre el agua, donde las cabañas también buscaban su imagen entre en los nenúfares.

 




Al fondo, unas montañas azuladas se distinguían entre la bruma, y por si la belleza cromática fuera insuficiente, unas gotas de lluvia inapreciables fueron suficiente excusa para que un bello arco iris enmarcara el escenario que estábamos contemplando. Era un lugar idílico que transmitía serenidad.

Habíamos madrugado y la mañana había sido intensa en Kalaw, decidimos disfrutar las últimas horas de la tarde del bienestar que aquel lugar nos proporcionaba.
 
   


A la mañana siguiente nos dirigimos hacia el embarcadero de Inle, íbamos a pasar el día completo navegando por el lago. Subimos a una de las canoas de teca y comenzamos a navegar entre los canales más estrechos hasta llegar a la parte central del lago.
 



El Lago Inle es grande en extensión y longitud, pero no profundo. En él los peces y las algas se convierten en uno de los medios de vida de sus habitantes. La parte más amplia del lago, de la que parten un sinfín de canales, actúa como vía principal de comunicación. El resto de pequeñas arterias que a modo de laberinto el monzón va modelando, no siempre se encuentran en las mismas coordenadas, algunas se mantienen pero otras aparecen y desaparecen con las lluvias, con la consiguiente confusión de los navegantes.






Es allí, en la zona central del Lago Inle, donde las canoas alcanzan mayores velocidades y el viento y las gotas de agua que salpicaban en mis mejillas hacían que la sensación de calor fuera menor. Luego, cuando aminoraba la marcha y la canoa navegaba lentamente entre los canales más estrechos, el calor húmedo regresaba.

 
 
 
No hay demasiada tierra firme entre los canales, aunque de vez en cuando llegábamos a algún pequeño poblado formado por 4 ó 5 casas. En estos pequeños pueblos del lago asistimos a la vida diaria de sus gentes. Presenciamos cómo preparaban las tortas de arroz y sésamo, cómo las secaban primero al sol y luego las cocían en las brasas. Fuimos testigos de los preparativos de la fiesta que una familia organizaba para despedir a su hijo que iba a convertirse en monje. Vimos cómo recolectaban tomates de unas plantaciones flotantes, en las que la tierra había sido sustituida por masas considerables de algas hasta formar una superficie flotante, sobre las cuáles, y con bastante pericia, podían caminar y desplazarse. Salvando las distancias, me recordó al estilo de vida de los Uros, los habitantes del Lago Titicaca en Perú.

 


  
   

 


Me impresionó la destreza con la que los habitantes del lago movían el remo con una de sus piernas para dejar las manos libres. Lo había visto en algún documental de televisión y en las fotografías de los libros de viajes, pero es algo que te sigue sorprendiendo cuando ocurre delante de tus ojos.
 
  


  
  
Algo similar sucede con el arte de pesca que allí practican y en el que manos y pies se valen por igual para mover con destreza los aparejos. La habilidad y la agilidad que emplean no dejan de llamarme la atención.

 
 
  
Seguimos vagabundeando con la canoa entre los canales, visitando centros de artesanía en los que observamos el proceso de elaboración del papel decorado, del forjado, de orfebrería o cómo tejían las mujeres de la tribu Kayan, tristemente conocidas como Mujeres Jirafa o Padaung.

 
 
  
Nos contaron que hace años tuvieron que emigrar a Tailandia donde las trataban como esclavas y las utilizaban como reclamo turístico. Cuando pudieron, regresaron a su tierra, Myanmar, y aunque las más mayores no pueden quitarse el collar de aros porque su cuello no podría mantenerse por su longitud, las más jóvenes continúan usando estos collares pero de menor tamaño, lo cuál les permite quitárselo cuando desean. Allí viven ahora de los trabajos artesanales.

 


 
  
Navegamos arriba y abajo y de izquierda a derecha. Con tal maraña de canales perdía la orientación. Nos cruzábamos con alguna canoa de gente que llevaba su cosecha al mercado, que se dirigían o venían de las plantaciones o que llevaba a niños tras su jornada escolar, era la única forma de transporte posible en el lago.

 


 
  
Nos detuvimos a visitar el Templo De Phaung Dow Oo situado en una confluencia de canales, lo cuál permitía que se abriera un espacio más grande y luciera con mayor esplendor.

  




 
  
A veces, parecía que estábamos dando vueltas por los mismos lugares. En ocasiones era cierto, pero otras no.

La última visita que hicimos antes de degustar la gastronomía del lago fue a una enorme construcción de madera situada sobre el agua y que albergaba unos grandes talleres donde tejían con hilo de seda y, lo que resultaba más curioso, también con el hilo obtenido del tallo de la flor de loto.

 


Los telares eran antiguos y, a pesar de que ya los había visto en funcionamiento durante mi visita a otros países, me sigue pareciendo mágico como se conformaban los diseños en aquel puzle de hilos y agujas.

En otra sala había un gran número de ruecas donde unas señoras de avanzada edad liaban las madejas de hilos de brillantes colores.

 

Se nos había hecho bastante tarde y nuestro estómago estaba impaciente por conocer con que platos nos iban a sorprender ese día.

El lugar elegido fue el restaurante Green Chilli de Nam pan. Una agradable terraza sobre los canales desde la que veíamos a los lugareños hacer su vida y pasar con sus canoas.

  


 
  
Fue una de nuestras mejores comidas en Myanmar. Nos sorprendieron tanto los platos que, ya en la sobremesa, solicitamos que la cocinera nos confiara alguna de las recetas y así lo hizo, se sentó con nosotros y estuvimos un buen rato preguntándole por los sabores y formas de preparación. Adelanto que ya he puesto en práctica más de una receta y que compartiré también aquí.

  
 
  
Volvimos a subir a nuestra canoa, esta vez en dirección al Monasterio Nga Ph Chaung o de los gatos saltarines. Afortunadamente, ya no se realiza el espectáculo de los gatos y, la verdad, cuesta imaginar un show de este estilo en un monasterio.

 


 
  
El monasterio alberga una colección antigua, y en mi opinión la más preciosa que he visto en Myanmar, de imágenes de Buda. Desde uno de los laterales del edificio se observaba, hasta donde la vista podía alcanzar, la gran alfombra verde que formaban los cultivos y los canales. Resulta curioso que el monasterio no fuera conocido por alguna de estas características y sí por los gatos.

  



La vuelta a Inle nos llevó más de una hora durante la que vimos a los habitantes del lago en sus quehaceres del final de la jornada.

  
 
  
Cuando llegamos a Royal Nadi Resort, nuestro alojamiento, nos dimos cuenta que estábamos realmente exhaustos, pero nos encontrábamos en el lugar ideal para recuperarnos.

Al día siguiente volábamos hacia Mandalay pero el vuelo de primera hora de la mañana había sido trasladado a primera hora de la tarde, así que disponíamos de unas horas más para disfrutar del lago.

Para aprovechar el día, madrugamos y volvimos al embarcadero del día anterior. Nuestra canoa de teca nos estaba esperando, también nos esperaba una hora de navegación hasta llegar a las inmediaciones de un poblado donde se celebraba un mercado. Adivinamos que estábamos cerca cuando el número de canoas vacías comenzó a aumentar y hacía difícil poder acercarnos a la orilla para desembarcar.

 
 

Una vez lo conseguimos, un paseo de media hora en el que, a pesar de lo temprano que era, nos cruzamos con muchas mujeres que regresaban de hacer sus compras, nos condujo hacia él.
  
   
 
  
En el mercado eramos los únicos extranjeros y estaba orientado a la venta de productos para satisfacer las necesidades diarias de los habitantes de la zona, esto hizo que la visita me resultara de lo más satisfactoria.

  

 
 
  
Volvimos sobre nuestros pasos en busca de la canoa y volvimos a navegar rumbo al complejo budista Shwe Inn Thein Paya donde hay más de 1000 estupas, alguna de ellas muy antigua. Un pequeño bosque de estupas rodeaba el templo. Blancas, amarillas, grises, doradas, algunas de ladrillo rojo, sus esbeltas agujas despuntaban hacia el cielo y le daban un encanto especial al lugar, a pesar de que muchas necesitan algo de rehabilitación a causa de los daños que les causan los sucesivos terremotos.

 








  
   
Comimos junto al canal, en la agradable terraza del restaurante Bamboo Forest, en Nyaung Shwe, donde nos sorprendieron con una combinación de platos birmanos cada cuál más apetecible. Lástima que no nos quedara mucho tiempo para disfrutar del lugar, pero debíamos regresar.

  
   
   
Estuvimos navegando más de una hora a través de los canales del Lago Inle y hasta llegar a su parte central, en una ocasión y para darle tensión al viaje, puesto que íbamos sin tiempo que perder, las algas se enredaron en la hélice de la canoa y quedo anclada. Nada que no tuviera solución.

Recuerdo que allí, en medio del lago pensé que era la despedida de aquel bello lugar. No me gusta comparar lugares en los viajes, todo tiene su encanto, pero a veces, puede que por el tiempo de que dispongamos para visitarlos, tenemos que primar a unos en perjuicio de otros. El Lago Inle, sin lugar a dudas, debe ser conocido si se visita Myanmar.

En el embarcadero nos esperaba el transporte que nos llevaría al aeropuerto, no teníamos un minuto que perder. Todavía nos quedaba una hora de carretera hasta llegar al aeropuerto de Heho. 







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