18 septiembre 2017

Kalaw, Trekking y Tranquilidad entre Montañas



 
Era temprano cuando el avión se posó en la pista de aterrizaje del aeropuerto de Heho. El paisaje que podíamos contemplar a través de las estrechas ventanillas nos aseguraban un escenario completamente diferente a lo que habíamos vivido los últimos días. Veníamos con la idea de disfrutar de la naturaleza, por eso pensaba en Kalaw como Trekking y Tranquilidad en las Montañas.

El clima era más fresco y húmedo, y nos daba un respiro. De alguna forma nos quitaba el polvo de los senderos de Bagan que aquí se convertiría en barro. A juzgar por conforme estaban los campos, los días anteriores había llovido y mucho.

Nos dirigíamos a nuestro primer destino, Pindaya, atravesando campos cultivados en los que, de tanto en tanto, veíamos a gente trabajando en ellos y a veces, a lo lejos, algún templo de estupa dorada coronando una loma. 
  





Hombres cargando camiones de coles y repollos o llevando un carro de bueyes, mujeres recolectando o seleccionando la recolecta a la sombra de un paraguas, portando tocados multicolores en la cabeza y sin perder de vista al más pequeño de sus hijos que siempre les acompaña. Duro su trabajo y la multiplicidad de tareas que se le tienen asignadas.






En Pindaya se encuentra la Pagoda Cueva de Shwe Oo Min, que en su interior cobija a 8.500 budas de todos los tamaños, todos bien juntitos y casi casi enlatados. Desde fuera me llamó menos la atención la pagoda cueva en sí, que el recorrido que las escaleras de acceso cubiertas de un tejado rojo realizan a través de la montaña. 
  
  



Nosotros subimos en ascensor, nos descalzamos y esta vez sí, a hacer chip-y-chop, no porque hubiera llovido sino por que de la gruta caía agua. Enseguida pensé en la micro fauna que debía acampar en aquel suelo resbaladizo, pero tenía dos opciones: visitarla descalza o volverme a poner las sandalias y esperar fuera. Habéis acertado, la curiosidad me mata y elegí la primera opción.
  
  

 



Muchos de los budas son donaciones de fieles birmanos y de gente de todo el mundo, los más grandes son de empresas o de militares. Pero es muy curioso ver a una superpoblación de budas en tan pequeño espacio, por haber hay hasta un pequeño laberinto.
   
 

Cuando salimos venían familias birmanas con niños a visitar esta pagoda y nos cruzamos con unos puestos de comida, nosotros proseguimos camino hasta el Green Tea Restaurant donde comí un pez mantequilla a la brasa sabrosísimo.





Proseguimos nuestro camino hacia Kalaw, en lo alto de la colina. Ya en sus inmediaciones nos cruzábamos con más frecuencia con monjes jovenes, muchos de ellos casi niños, e incluso los vimos haciendo lo que hacen los jóvenes, jugar al fútbol, pero con túnica incluida. Y es que las túnicas son de lo más versátiles, igual se convertían en capa que en un pantalón corto.

 




Nuestra última visita de la tarde fue a Hnee Paya, un templo en la colina donde se encuentra un Buda de bambú de más de 500 años. Fue una experiencia diferente a la que habíamos tenido en otros templos, ya que nos sentamos en el suelo y no  invitaron a té y frutos secos.

 



 
A nuestra salida había un grupo de monjes mayores haciendo vida contemplativa y, de aquella manera, estuvimos hablando con ellos.

Nuestro hotel estaba en lo más alto de la colina, no se podía respirar más paz y tranquilidad y el atardecer de aquella tarde fue precioso.
  

 
Tras una noche de lluvias torrenciales en las que pensaba que acabarían rescatándonos, y es  que por la noche todos los problemas se sobrevaloran, la mañana se presentaba gris, fresca y agradable. 

Teníamos programado un trekking por las montañas pero con las lluvias no era que la tierra se había convertido en barro, era arcilla y había zonas bastante impracticables. No sabíamos que nos deparaban aquellas nubes, así que optamos por el plan B, visitar el mercado y hacer una caminata entre los campos hasta un pueblo de las montañas.

En Kalaw se celebraba el mercado de los 5 días y eso significaba que este mercado rotatorio que cada día se celebra en una población, hoy sería más extenso en Kalaw. Las gentes habían venido de los pueblos cercanos a vender sus mercancías y había mucho ajetreo, explosión de color y variedad de producto. Y sobre todo lo que más me gusta de los mercados, no estaba orientado a turistas, de hecho no nos cruzamos con ningún otro turista en las casi dos horas que anduvimos hacia arriba y hacia abajo por sus callejones.
  



 

Salazón de pescado, diferentes variedades de arroz, tejidos, una infinidad de verduras, carnes y hojas de betel. Las hojas de betel son el producto estrella. Se envuelven con nuez, tabaco y cal muerta y se va mascando a la vez que se va escupiendo, es común ver las manchas rojas en el suelo. Dicen que es excitante y que calma dolores, pero también conlleva riesgos. A pesar de ello, resulta increíble la cantidad de hojas de betel que se pueden vender en el mercado.
  
  





No habíamos tenido la ocasión de presenciarlo, pero aquí sí lo vimos. A los monjes y monjas se les ofrece comida. De hecho si se acercan a los puestos del mercado, es normal llevarse la mercancía sin abonar su importe. En el mercado de Kalaw había muchos monjes y monjas, y pudimos ver como señalaban el producto deseado y el comerciante se lo ofrecía sin recibir nada a cambio.

Salimos del mercado y nos dirigimos en coche hacia el punto donde iniciaríamos nuestro pequeño trekking. Recorrimos las plantaciones y, en especial, nos interesamos por las de jengibre que en aquellos momentos estaban recogiendo. Los campos estaban preciosos, un verde intenso los recorría y ocultaba la tierra roja y fértil de la que brotaba todo tipo de verdura y tubérculos. También crecían los árboles frutales.




Estuvimos observando más de cerca y, de aquella manera, conseguimos respuesta a alguna pregunta.

Seguimos caminando y nos encontramos con unos niños que estaban jugando en el patio del colegio, unos monjes que paseaban y algún otro que contemplaba la vida. Se respiraba tranquilidad en Kalaw, mucha paz.
  
  








A mediodía comimos en un lugar sencillo y emprendimos la ruta hacia el Lago Inle, nuestro próximo destino, nos esperaban unas horas de carretera.



Bon Voyage!


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